La última batalla de la Guerra Fría by Carlos Alberto Montaner

La última batalla de la Guerra Fría by Carlos Alberto Montaner

autor:Carlos Alberto Montaner [Montaner, Carlos Alberto]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Crónica, Ciencias sociales
editor: ePubLibre
publicado: 2008-12-31T16:00:00+00:00


24. El hombre viejo que no se muere nunca

Durante más de setenta años los soviéticos apostaron por la ingeniería genética aplicada a la política. La revolución acabaría pariendo a un hombre nuevo. La idea estaba implícita en Marx: si cambiaba el régimen de propiedad el bicho humano resultante sería distinto. Sería más puro, más solidario, más generoso. Al final de los tiempos ni siquiera habría leyes o jueces, porque el comportamiento natural de la especie los habría hecho innecesarios. El arcangélico hombre nuevo reinaría sobre la tierra.

Con ese proyecto debajo del brazo Lenin se apoderó del Palacio de Invierno. Sus comunistas tomarían la vieja arcilla rusa, aquella compleja argamasa de los eslavos orientales, y la convertirían en otra cosa. El alma rusa descrita por Tolstoi, por Turgueniev, por Dostoievski —romántica, emotiva, irracional, apasionada, cruel a veces—, era así, porque así la habían hecho las relaciones económicas gestadas durante la larga etapa feudal o durante el breve periodo capitalista de principios de siglo. El marxismo la cambiaría de raíz.

Todo fue en vano. Parece que el alma rusa es más dura de pelar de lo que nadie había previsto. Por lo menos eso cree el sovietólogo Hedrick Smith y así lo ha escrito en el dominical de The New York Times hace algunas semanas. Según este experto, el ruso de nuestros días sigue siendo extraordinariamente emotivo, poco práctico, desordenado, convencido de la superioridad de las virtudes morales y desdeñoso de los triunfos materiales. Consecuentemente, la ética del trabajo no le preocupa demasiado, porque labrarse un gran destino personal acaso no sea una meta compatible con la desbordada espiritualidad que lo aprisiona. Más aún: el éxito y la riqueza no están bien vistos por el pueblo ruso. Antes del 17, porque el poder económico se había levantado sobre el trabajo de millones de siervos que prácticamente fueron esclavos hasta poco antes de la revolución. Después del 17, porque la búsqueda obsesiva de la igualdad —menos para la nomenklatura, claro— era una consigna implantada a sangre y fuego desde el aparato de poder.

Pero hay algo todavía más grave: la envidia —según Smith— preside las relaciones entre los soviéticos. Triunfar es peligroso en Rusia. Por eso los éxitos se esconden. Tener, sobresalir, destacar, no provoca admiración sino odio. De ahí que el ruso, cuando responde ritualmente al ¿cómo está?, no afirma muy bien o estupendo, como ocurre en Occidente, sino se limita a un cauteloso normal. Decir más podría provocar la ira del interlocutor.

¿Son ciertas estas generalizaciones de Smith? ¿Por qué no? ¿No son esos los personajes de Gogol en Las almas muertas o en El capote y El inspector? El propio Solzhenitsyn de nuestros días, pese a su carne y a su hueso, ¿no parece más bien un atormentado personaje literario de Dostoievski, amargo, consumido por la intensidad espiritual, desgarradamente cristiano? Y si la Rusia eterna no ha muerto, ¿no es válido preguntarse de inmediato por el destino final de la perestroika? Porque todos esos cambios que Gorbachov nos propone son totalmente externos: leyes



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